Crecí en una sociedad bajoneada, conformista, que se autocriticaba permanentemente y de forma muy dura, pero no para repensarse y rehacerse, si no para justificarse en su mediocridad. Ese tono de voz victimizado, cuando te preguntan cómo estás, ese derrotismo en la respuesta: “aquíiiii, pasaaaando…”, que no dice nada; una sociedad a la que le cuesta verbalizar un “¡estoy bien!”, porque estar mal permanentemente la hace digna de admiración, porque el que sufre vale más: es que “la vida es un valle de lágrimas”, no podría ser de otra manera, ser feliz está mal, es incorrecto, vano, superficial. Hay que sufrir y aguantar.
Y así crecí en un país con una crisis de identidad total: vergüenza de lo propio, de ser mestizo, con mucho racismo y clasismo, bajoneado, lleno de vergüenza. Con una sociedad temerosa de alzar la voz, de reclamar por lo justo. Un país del conformismo, con bajón permanente, porque a la generación que pensó en cambiar el mundo y hacerlo justo e igualitario se les cayó el muro, y se rompieron utopías y sueños, con los que nuestros padres y tíos se motivaron en este mundo en el que necesitamos alientos permanentes para sobrevivir.
Mi padre es uno de esos soñadores: como ellos no "lograron cambiar" lo establecido, les tocó enrolarse en cargos burocráticos, desde los cuales intentaban de cualquier forma cumplir con la utopía comunista, socialista, o cristiana de base. Así pasaron los años, las décadas. Estos soñadores se volvieron activos fijos del sistema; dejaron de luchar por sus ideales; perdieron la fe en la política, en los candidatos y las ideologías; votaban por una “izquierda” apenas sobreviviente, que ya no representaba a nadie, en la que nadie tenía puestas sus esperanzas de cambio. Quienes votaban por los viejos partidos de izquierda eran una minoría, que fue creciendo cuando sus líderes ideológicos fueron ubicándose en el centro y en partidos socialdemócratas, y terminaron de romperles el corazón. Recuerdo claramente al líder del FADI (partido en el que militaba mi papá y mi familia materna) reaccionario y radical, un intelectual que la tenía clara, vistiendo años después la camiseta de la ID, sin ningún empacho; dejó de luchar por la utopía y se enfiló en un partido con posibilidades de ganar.
Porque eso nos enseña el sistema: lo importante es ganar, a toda costa.
Los principios, nos dice, son utopía, ingenuidad: hay que ser realistas.
Vivimos por décadas en un bote a pedales, al que se le daña la dirección, ese fierrito oxidado de la mitad que con desesperación giras y giras y no funciona más que para dar vueltas en círculos. Y quieres orillarte y bajar, porque te va ganando la ansiedad… hasta que te resignas y dejas que el agua te lleve a donde quiera, con tal de seguir con la vida y afectarte lo menos posible.
Vivimos votando por el menos malo, por el que más se acerca a tus creencias o conveniencias, así pasó el Ecuador por décadas. Cuando me llegó la edad de votar, rebelde, crítica y ultra radical, decidí que no creía en el Estado y que por lo tanto votaría nulo toda mi vida. Me proclamé anarquista a los 21 años, y se lo dije a mi padre: nunca olvidaré su mirada de decepción en medio de sus reclamos: han pasado 20 años y aún cuando lo recuerda hace mofa de esa declaración. En ese momento no comprendí la gravedad de mi anuncio para un comunista; ahora le entiendo, aunque sigo encontrando matices y convergencias para justificar mis creencias.
Entonces algo que pensé que nunca vería empezó a suceder: las personas despertaban, entendiendo por primera vez, como ecuatorianos, lo que es la dignidad, la soberanía.
Porque un hombre, con un país pequeño y relegado, auto acomplejado y auto debilitado, enfrentaba al FMI y a los banqueros internacionales. Reclamaba por las violaciones a nuestro territorio. Expulsaba a multinacionales petroleras que pescaron a río revuelto por 50 años, en un país del caos, devastando selvas y contaminando ríos. Este hombre quería que lo nacional sea de calidad; quería demostrar que sí podemos producir, que también podemos manejar nuestra propia riqueza. Este hombre vendía al Ecuador al mundo, pero de otra forma, sin ceder nuestra dignidad ni nuestra riqueza, si no que mostrándolas, con orgullo.
Las promesas de campaña se fueron volviendo obras. El presidente era un tipo frontal: reclamaba por lo que la partidocracia le hizo al Ecuador; enfrentaba a los empresarios que nunca amaron al país y solo trabajaron para llenar sus bolsillos; increpaba a los profesores que pasaban de protesta en protesta gremial, en lugar de cumplir su función social de formadores de nuevas generaciones; ordenaba a los médicos cumplir con sus horarios en hospitales públicos, más que dar prioridad a sus consultas privadas, sin más privilegios por el hecho de haber sido intocables hasta entonces. Rafael Correa molestó a muchos por su frontalidad, pero no estaba para agradar, sino para servir, sin miedo de enlodarse o de llorar, sin taras de lo "super macho" de los politiqueros históricos del Ecuador.
El país trabajó en una Constitución Política nueva y participativa, que incluyó criterios y necesidades múltiples de la ciudadanía. El presidente, sin temor a perder, dejó su cargo y llamó a elecciones: ganó en una sola vuelta, y así permaneció durante 10 años en el poder, tiempo que era necesario para sentar cimientos firmes del proyecto político impulsado por sus creencias. Recuerdo a mi abuela, caminando con mucha dificultad con su andador a los ochenta y pico, yendo a votar, pese a que le decíamos que no era necesario que lo haga, que ya no es obligatorio el voto por su edad: "hijita, no me pidas eso, ¡cómo no voy a votar por mi Correíta!".
Pero desde luego que todos quienes vieron afectados sus derechos de lucro, todos quienes empezaron a adquirir una “mejor” situación económica (y empezaron a defender, con ella, sus nuevos intereses de clase), empresarios e industriales que se vieron perjudicados, dueños de medios, miembros de gremios afectados por las exigencias de calidad y responsabilidad que les exigía el gobierno, y etcétera, demandaban la poca libertad de expresión, las pocas libertades, la prepotencia del presidente, que no les escuchaba ni les tomaba en cuenta. Y claro, estos grupos tenían los medios de comunicación para difundir sus ideas, sus complejos y resentimientos.
Entonces se empezó a hablar de “un país dividido por el odio de Correa”.
Y la “novedad” es que siempre vivimos en un país dividido. Pero nos hacíamos de la vista gorda; no nos gusta ver más allá de nuestro confort; no nos gusta que nos hagan ver la realidad, porque, claro, es más cómodo no meterse en problemas “ajenos”, en discusiones, para qué, así mismo es. Esa misma no-conciencia que teníamos como herencia de toda una vida, esa misma dejadez, ese mismo bajón, ese mismo conformismo, no nos dejaba reaccionar.
Entonces, nos encontramos. Y a algunos no les gustó: dolió e incomodó conciencias que estaban relajadas con su realidad. Duele aceptar, duele reconocerse, duele admitir e intentar cambiar.
Vimos que éramos diferentes, y que muchas de esas diferencias eran injusticias, que mucha de esa injusticia respondía a la inequidad, a la mal administrada y mal repartida riqueza. Vimos que durante años el país había tenido dueños, gente con mucho dinero que quiso también el poder político, y lo tuvo, y con ello logró gobernar para sus intereses, de sus gremios y de sus amigos.
Y encontrarnos nos definió. Y personas que nunca se interesaron por la sociedad y la política, que no eran soñadores y luchadores por un mejor país se fueron dando cuenta que eran necesarios. Que había que levantarse y amar al Ecuador. Que es nuestra casa, y que es deber de todos administrarla y no dejar que esos poderes empresariales y financieros vuelvan a tener también el poder político.
Por fin empezamos a tener claro que somos ecuatorianos.
Una muestra vivencial de ello sucedió cuando nuestro querido Manabí sufrió el terremoto. Nunca, en ningún otro evento de desastre, ningún otro terremoto, inundación, deslave, el país reaccionó con tanta solidaridad. Miles de ciudadanos buscaban aportar, servir a quienes nos necesitaban. El dolor era de todos, era nuestro, no de ellos, manabitas y esmeraldeños. Nos queríamos como ecuatorianos.
Tanta solidaridad y empatía fueron resultados de procesos de reconocimiento. Eso es lo que construye la identidad, sabernos parte de y sentir que eso nos junta.
Mi padre es uno de esos soñadores: como ellos no "lograron cambiar" lo establecido, les tocó enrolarse en cargos burocráticos, desde los cuales intentaban de cualquier forma cumplir con la utopía comunista, socialista, o cristiana de base. Así pasaron los años, las décadas. Estos soñadores se volvieron activos fijos del sistema; dejaron de luchar por sus ideales; perdieron la fe en la política, en los candidatos y las ideologías; votaban por una “izquierda” apenas sobreviviente, que ya no representaba a nadie, en la que nadie tenía puestas sus esperanzas de cambio. Quienes votaban por los viejos partidos de izquierda eran una minoría, que fue creciendo cuando sus líderes ideológicos fueron ubicándose en el centro y en partidos socialdemócratas, y terminaron de romperles el corazón. Recuerdo claramente al líder del FADI (partido en el que militaba mi papá y mi familia materna) reaccionario y radical, un intelectual que la tenía clara, vistiendo años después la camiseta de la ID, sin ningún empacho; dejó de luchar por la utopía y se enfiló en un partido con posibilidades de ganar.
Porque eso nos enseña el sistema: lo importante es ganar, a toda costa.
Los principios, nos dice, son utopía, ingenuidad: hay que ser realistas.
Vivimos por décadas en un bote a pedales, al que se le daña la dirección, ese fierrito oxidado de la mitad que con desesperación giras y giras y no funciona más que para dar vueltas en círculos. Y quieres orillarte y bajar, porque te va ganando la ansiedad… hasta que te resignas y dejas que el agua te lleve a donde quiera, con tal de seguir con la vida y afectarte lo menos posible.
Vivimos votando por el menos malo, por el que más se acerca a tus creencias o conveniencias, así pasó el Ecuador por décadas. Cuando me llegó la edad de votar, rebelde, crítica y ultra radical, decidí que no creía en el Estado y que por lo tanto votaría nulo toda mi vida. Me proclamé anarquista a los 21 años, y se lo dije a mi padre: nunca olvidaré su mirada de decepción en medio de sus reclamos: han pasado 20 años y aún cuando lo recuerda hace mofa de esa declaración. En ese momento no comprendí la gravedad de mi anuncio para un comunista; ahora le entiendo, aunque sigo encontrando matices y convergencias para justificar mis creencias.
Creo que la gente que quiso por mucho tiempo un cambio social radical esperó por años un liderazgo real, no comprometido con sectores económicamente poderosos, un liderazgo inteligente y fuerte. Y en la campaña del 2006 volví a ver en los ojos de mi papá, mi referente político y humano, algo que no había visto desde niña. Había olvidado, también, sus palabras de respeto por un líder, su ilusión por un proceso político.
Mi papá había vuelto a creer en la política, volvía a soñar.
Volvía a sentir que se podía, que no estábamos solos, que su país podía reconstruirse. Recuerdo cómo se emocionaba con la propaganda en la que el Mashi Rafael alzaba los brazos en la cima de la montaña. Era evidente que ese joven apasionado estaba encendiendo los corazones de miles de ecuatorianos, resultando electo, con un discurso radical y enérgico, crítico, desafiante, presidente de mi país.
Volvía a sentir que se podía, que no estábamos solos, que su país podía reconstruirse. Recuerdo cómo se emocionaba con la propaganda en la que el Mashi Rafael alzaba los brazos en la cima de la montaña. Era evidente que ese joven apasionado estaba encendiendo los corazones de miles de ecuatorianos, resultando electo, con un discurso radical y enérgico, crítico, desafiante, presidente de mi país.
Entonces algo que pensé que nunca vería empezó a suceder: las personas despertaban, entendiendo por primera vez, como ecuatorianos, lo que es la dignidad, la soberanía. Porque un hombre, con un país pequeño y relegado, auto acomplejado y auto debilitado, enfrentaba al FMI y a los banqueros internacionales. Reclamaba por las violaciones a nuestro territorio. Expulsaba a multinacionales petroleras que pescaron a río revuelto por 50 años, en un país del caos, devastando selvas y contaminando ríos. Este hombre quería que lo nacional sea de calidad; quería demostrar que sí podemos producir, que también podemos manejar nuestra propia riqueza. Este hombre vendía al Ecuador al mundo, pero de otra forma, sin ceder nuestra dignidad ni nuestra riqueza, si no que mostrándolas, con orgullo.
De pronto, nuestra cotidianidad empezó a cambiar.
Ya no tenías que pedir por favor que en una gasolinera te abran un baño mientras viajas, o que éste esté sucio y en mal estado; ya no tenías que tragarte el humo de cigarrillo en los bares; ya no tenías que hacer turno de madrugada por horas para conseguir, con suerte, un turno en los hospitales públicos; ni esperar meses para un trámite administrativo en x institución pública, u horas para sacar un documento de identidad; complejos judiciales, escuelas del milenio, infraestructuras dignas para servicios públicos; bachillerato internacional y universidades para la investigación científica; traducción a lenguaje signado simultáneo obligatorio en noticieros y programas informativos en la TV, y exigencia de adecuaciones para accesibilidad de personas con discapacidad física; centros infantiles para bebés y acompañamiento educativo a domicilio; centros dignos para personas de la tercera edad; cuotas para la música ecuatoriana en las radios y espacios educativos permanentes por ese mismo medio. Estos cambios cotidianos nos afectaron a la mayoría.
Las promesas de campaña se fueron volviendo obras. El presidente era un tipo frontal: reclamaba por lo que la partidocracia le hizo al Ecuador; enfrentaba a los empresarios que nunca amaron al país y solo trabajaron para llenar sus bolsillos; increpaba a los profesores que pasaban de protesta en protesta gremial, en lugar de cumplir su función social de formadores de nuevas generaciones; ordenaba a los médicos cumplir con sus horarios en hospitales públicos, más que dar prioridad a sus consultas privadas, sin más privilegios por el hecho de haber sido intocables hasta entonces. Rafael Correa molestó a muchos por su frontalidad, pero no estaba para agradar, sino para servir, sin miedo de enlodarse o de llorar, sin taras de lo "super macho" de los politiqueros históricos del Ecuador.
El país trabajó en una Constitución Política nueva y participativa, que incluyó criterios y necesidades múltiples de la ciudadanía. El presidente, sin temor a perder, dejó su cargo y llamó a elecciones: ganó en una sola vuelta, y así permaneció durante 10 años en el poder, tiempo que era necesario para sentar cimientos firmes del proyecto político impulsado por sus creencias. Recuerdo a mi abuela, caminando con mucha dificultad con su andador a los ochenta y pico, yendo a votar, pese a que le decíamos que no era necesario que lo haga, que ya no es obligatorio el voto por su edad: "hijita, no me pidas eso, ¡cómo no voy a votar por mi Correíta!".
En este proceso entendimos que la educación es prioritaria y que debe ir de la mano de la tecnología, que todos debemos tener acceso a internet y sus múltiples beneficios. Que no debemos ser un país de acomplejados, que el orgullo de ser ecuatorianos debemos llevarlo presente por el mundo. Que nuestra producción puede ser de primera, que nuestra comida es la más rica del mundo. Que viajar por el Ecuador debe ser una prioridad, antes de salir por otros rumbos.
Y que para hacer todo eso necesitábamos una nueva institucionalidad pública, nuevas reglas, nuevos espacios, descentralizar el poder y dar su importancia a ciudades y pueblos olvidados. Numerosos funcionarios dedicaron mucho de sus vidas para construir sobre estos cimientos. Y para que lo sepamos, cada semana teníamos una rendición de cuentas con los funcionarios, que además rotaba por el país, permitiéndonos conocernos y querernos. Descubrimos que necesitábamos un líder, del que renegaba pensando en el no-estado, pero que cuando apareció me hizo pensar en que esto es un proceso y que primero hay que ordenar la casa para luego mantenerla así por nosotros solos. Tantos años, décadas, sin una cabeza y sin un corazón que nos abra los ojos. Era necesario refundar el Ecuador.
También necesitábamos informarnos mejor. Los medios de comunicación tenían dueños millonarios, y por lo tanto intereses parcializados; estábamos controlados, desarrollando pseudonecesidades de bienes y servicios fabricados por sus empresas, para atarnos al consumo y, lo que es peor, a la pasividad política (Marcuse “El hombre Unidimensional”, 1964). Compremos y odiemos la política, porque la política es corrupción, es acomodo, es reparto de cuotas. Tan nefasta fue esta influencia permanente que hasta hoy escuchamos (y vivimos) lo “terrible y nauseabunda que es la política”. Los medios no cumplieron nunca su función social de educarnos e informarnos, de volvernos críticos y proactivos, si no de idiotizarnos; eran tan irresponsables que distorsionaban la información y hasta difamaban, sin que nadie reclame por ello.
De pronto, entre los medios públicos y los enlaces sabatinos, escuchabas a la gente en la calle, en los buses, en taxis, en espacios que nunca imaginaste, hablando de política: ¡sí, de política! Pensando qué es lo mejor, identificando los problemas. Interesándose en lo que pasaba en el país. Cambiábamos.
De pronto, entre los medios públicos y los enlaces sabatinos, escuchabas a la gente en la calle, en los buses, en taxis, en espacios que nunca imaginaste, hablando de política: ¡sí, de política! Pensando qué es lo mejor, identificando los problemas. Interesándose en lo que pasaba en el país. Cambiábamos.
Pero desde luego que todos quienes vieron afectados sus derechos de lucro, todos quienes empezaron a adquirir una “mejor” situación económica (y empezaron a defender, con ella, sus nuevos intereses de clase), empresarios e industriales que se vieron perjudicados, dueños de medios, miembros de gremios afectados por las exigencias de calidad y responsabilidad que les exigía el gobierno, y etcétera, demandaban la poca libertad de expresión, las pocas libertades, la prepotencia del presidente, que no les escuchaba ni les tomaba en cuenta. Y claro, estos grupos tenían los medios de comunicación para difundir sus ideas, sus complejos y resentimientos.
Entonces se empezó a hablar de “un país dividido por el odio de Correa”.
Y la “novedad” es que siempre vivimos en un país dividido. Pero nos hacíamos de la vista gorda; no nos gusta ver más allá de nuestro confort; no nos gusta que nos hagan ver la realidad, porque, claro, es más cómodo no meterse en problemas “ajenos”, en discusiones, para qué, así mismo es. Esa misma no-conciencia que teníamos como herencia de toda una vida, esa misma dejadez, ese mismo bajón, ese mismo conformismo, no nos dejaba reaccionar.
Entonces, nos encontramos. Y a algunos no les gustó: dolió e incomodó conciencias que estaban relajadas con su realidad. Duele aceptar, duele reconocerse, duele admitir e intentar cambiar.Vimos que éramos diferentes, y que muchas de esas diferencias eran injusticias, que mucha de esa injusticia respondía a la inequidad, a la mal administrada y mal repartida riqueza. Vimos que durante años el país había tenido dueños, gente con mucho dinero que quiso también el poder político, y lo tuvo, y con ello logró gobernar para sus intereses, de sus gremios y de sus amigos.
Y encontrarnos nos definió. Y personas que nunca se interesaron por la sociedad y la política, que no eran soñadores y luchadores por un mejor país se fueron dando cuenta que eran necesarios. Que había que levantarse y amar al Ecuador. Que es nuestra casa, y que es deber de todos administrarla y no dejar que esos poderes empresariales y financieros vuelvan a tener también el poder político.
Por fin empezamos a tener claro que somos ecuatorianos.
Una muestra vivencial de ello sucedió cuando nuestro querido Manabí sufrió el terremoto. Nunca, en ningún otro evento de desastre, ningún otro terremoto, inundación, deslave, el país reaccionó con tanta solidaridad. Miles de ciudadanos buscaban aportar, servir a quienes nos necesitaban. El dolor era de todos, era nuestro, no de ellos, manabitas y esmeraldeños. Nos queríamos como ecuatorianos.
Tanta solidaridad y empatía fueron resultados de procesos de reconocimiento. Eso es lo que construye la identidad, sabernos parte de y sentir que eso nos junta.
El Ecuador estuvo más unido que nunca. Recuerdo que un fervor patriota se dio con la guerra del Cenepa, pero era una guerra lo que nos juntaba. Esta vez fue como si los cambios en nuestro hábitat nos hicieron mejorar como seres humanos, más politizados, más orgullosos de lo nuestro. No faltaron los comentarios amargos, frustrados y resentidos.
En el mes de junio de este año trabajé en el MIES por un mes, en plena transición. El ministro fue a territorio, a visitar uno de los CIBV del cantón; luego, estaba prevista una visita a la oficina distrital, pero había lodo a la entrada, así que el personal decidió que el señor ministro cancele esa visita, porque "no podría caminar por ahí". En esos momentos, estando ahí presente, la imagen del Mashi Rafael enlodado, sin tener para qué hacerse propaganda, se me vino a la cabeza (y al hígado); también la de alcaldes, prefectos, expresidentes en show demagógico, codeándose con el lodo y la miseria por unos puntos de popularidad. Comparo y pienso: la autenticidad de Correa, esa virtud/defecto por la cual es amado/odiado, y que se siente.
Que Correa dividió al país ahora lo niego más que antes. Hizo visibles las divisiones históricas y sistémicas. En cambio, ahora me parece evidente el país rompiéndose, volviendo a esas prácticas de vivarachez criolla y pesca a río revuelto. Se siente una arremetida vengativa, que no carga la indignación de la injusticia y las inequidades sociales, si no el resentimiento del no me tomaron en cuenta, no me dieron poder, no pude enriquecerme más. Mucha de esa bronca ha ido contra el funcionario más cercano al Mashi Rafael, su vicepresidente y compañero de lucha: cada día se busca una nueva razón, y un nuevo recurso, para mantenerlo prisionero. Se respira saña y odio. Ahora sí.
Mi mamá me decía el otro día que en sus años de vida nunca había visto tanta maldad en la política. Pienso que ni en los tiempos febrescorderistas: las peleas públicas eran terribles insultos y groserías, hasta hubo amenazas armadas y mucha corrupción bajo la mesa. Pero nunca antes se había emprendido una persecución personalizada, y menos en contra de coidearios (que al menos parecían), y hasta contra los mismos votantes. Parece que el actual presidente, tal vez por su vejez mental, se quedó con esa visión difundida por los medios (y sus asesores) de que la política es eso: aprovecharse, chantajear, comprar conciencias. Pobre, no le da para más.
Eso que ellos creen que es política no es más que politiquería, y estábamos aprendiendo a rechazarla, en camino a erradicarla. Si logran sus cometidos, borrar 10 años de cambios dentro de los que los más importantes no son lo de infraestructura, si no de amor, solidaridad, identidad y orgullo, el Ecuador habrá botado al tacho una oportunidad histórica única.
La oportunidad de creer.
En el mes de junio de este año trabajé en el MIES por un mes, en plena transición. El ministro fue a territorio, a visitar uno de los CIBV del cantón; luego, estaba prevista una visita a la oficina distrital, pero había lodo a la entrada, así que el personal decidió que el señor ministro cancele esa visita, porque "no podría caminar por ahí". En esos momentos, estando ahí presente, la imagen del Mashi Rafael enlodado, sin tener para qué hacerse propaganda, se me vino a la cabeza (y al hígado); también la de alcaldes, prefectos, expresidentes en show demagógico, codeándose con el lodo y la miseria por unos puntos de popularidad. Comparo y pienso: la autenticidad de Correa, esa virtud/defecto por la cual es amado/odiado, y que se siente.
Que Correa dividió al país ahora lo niego más que antes. Hizo visibles las divisiones históricas y sistémicas. En cambio, ahora me parece evidente el país rompiéndose, volviendo a esas prácticas de vivarachez criolla y pesca a río revuelto. Se siente una arremetida vengativa, que no carga la indignación de la injusticia y las inequidades sociales, si no el resentimiento del no me tomaron en cuenta, no me dieron poder, no pude enriquecerme más. Mucha de esa bronca ha ido contra el funcionario más cercano al Mashi Rafael, su vicepresidente y compañero de lucha: cada día se busca una nueva razón, y un nuevo recurso, para mantenerlo prisionero. Se respira saña y odio. Ahora sí.
Mi mamá me decía el otro día que en sus años de vida nunca había visto tanta maldad en la política. Pienso que ni en los tiempos febrescorderistas: las peleas públicas eran terribles insultos y groserías, hasta hubo amenazas armadas y mucha corrupción bajo la mesa. Pero nunca antes se había emprendido una persecución personalizada, y menos en contra de coidearios (que al menos parecían), y hasta contra los mismos votantes. Parece que el actual presidente, tal vez por su vejez mental, se quedó con esa visión difundida por los medios (y sus asesores) de que la política es eso: aprovecharse, chantajear, comprar conciencias. Pobre, no le da para más.
Eso que ellos creen que es política no es más que politiquería, y estábamos aprendiendo a rechazarla, en camino a erradicarla. Si logran sus cometidos, borrar 10 años de cambios dentro de los que los más importantes no son lo de infraestructura, si no de amor, solidaridad, identidad y orgullo, el Ecuador habrá botado al tacho una oportunidad histórica única.
La oportunidad de creer.



